sábado, 3 de mayo de 2014

Un veint.

Las noches en literales velas.
Velas a medio alumbrar, a medio apagar, el humo que desprenden cuando se terminan de acabar.
Algunas juran estar encendidas para siempre, calentarte cada noche, iluminarte cada mañana y acompañarte como lo hace el olor del tabaco en la ropa.
Son el tipo de cosas que tú siempre me decías y yo ni te dije ni te deje de decir. El tipo de vela con olor a "para siempre" que un día soplaste. El humo que prácticamente arrastro con él mi vida, me nublo la vista y ahora a penas me deja ver a dónde ir. El oxígeno consumido por la llama con la que me calentabas, el mismo que hoy me falta para respirar, irónico. Como quien abre la ventana y un soplo de aire la apaga, vuelan los restos y solo queda el cuenco. El cuenco donde todo ardía, se soñaba y se prometía. Como no, cuenco que aun queda en mi mesilla.
Hay días en los que hay otra alado, la suelo pretender encender. Pero que cojones, la tuya apagada arde más fuerte que que miles sin hacer.