No me gusta creer en las promesas.
El tiempo me ha enseñado en no creer demasiado en ellas. Pues ¿Quién asegura
que las cosas no van a cambiar?, ¿Qué los sentimientos de hoy, sean los mismos
de mañana?. Las promesas son agridulces. Dulces cuando se hacen y agrias cuando
se rompen. Sin embargo todo el mundo las cocina, las sirve y se las come alguna
vez.
Me siento en la silla de este bar
cada vez que me cocinan, me sirven y se comen las promesas que me hacen. Cada
vez que las promesas me saben agrias.
Aquí imagino historias sin
prometer. Amores que empiezan en algún chiringuito una noche de verano y
ninguno de los dos jura amor eterno. Y posiblemente no lo sea, ¿Y qué mas da?
Los mejores sabores terminan y duran exactamente lo necesario para que sean
perfectos. Las mejores historias tienen final y es una pena intentar hacerlas
eternas con un juramento de por medio, terminan igual.
Imagino los cruces de miradas en
la estación de un tren, cada mañana. Miradas que no prometen nada, y sin
embargo el destino las une y las empuja a hablar sin ninguna explicación, y es
el mismo destino el que las une para siempre, sin ninguna promesa de por medio.
Aun no se cual es el mejor final, el que termina o el que es eterno, y tampoco estoy segura de que el final
exista más allá de la muerte. No sé si es dulce o salado. Lo que si sé, es que
por una noche quiero dejar las promesas atrás para que por lo menos la vida no
me sepa agridulce hoy. Ese sabor tan horrible, prefiero dejarlo para mañana.